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Al igual que Stieg Larsson, murió antes de ver sus obras publicadas. Su infatigable búsqueda para encontrar un editor le consumió y desesperó, hasta tal punto que decidió quitarse la vida en 1969 con 31 años. Sin embargo, los esfuerzos extenuantes de su madre para lograr que la novela “La conjura de los necios” viese la luz sí que tuvieron buenos resultados. Mejores de los que cabía esperar. Pues contra todo pronóstico, la novela publicada póstumamente -gracias al tesón de su madre Thelma y la inestimable ayuda del también escritor Walter Percy- recibió el Premio Pulitzer en 1981 y las alabanzas del público francés al ser considerada la mejor novela del año. Qué paradoja.  El éxito fue abrumador y un buen comienzo para mostrar otras creaciones de Toole como “La Biblia de neón”, elaborada cuando tan sólo tenía quince años. A pesar de su juventud, en ésta ya satiriza la mentalidad cerrada y dogmática de algunas comunidades norteamericanas.

Esta es toda su producción literaria. Con tan sólo dos obras este escritor se ha hecho un importante hueco dentro de la categoría de los mejores novelistas estadounidenses, gracias principalmente a que esta obra, cuyo título está inspirado en la frase de Jonathan Swift: “Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo reconoceréis por este signo: todos los necios se conjuran contra él”.  Muestra una visión muy crítica de la sociedad norteamericana, tomando como marco Nueva Orleans, en donde se encuentra su protagonista Ignatius J. Reilly, un treintañero que desea que se recupere la moralidad propia de la Edad Media. Al igual que su creador, alberga la esperanza de que sus escritos en los que carga con la época que le ha tocado vivir, algún día sean publicados. Es una novela muy muy cómica con unos personajes estrambóticos y una trama graciosísima. Muy recomendable.

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Este escritor ya ha sido protagonista del blog en anteriores ocasiones, primero con su cuento de Navidad, y después al convertirse en el ganador del Premio Leteo 2009. Hoy vuelve a serlo, pero en esta ocasión porque cumple años, concretamente 63.  Esta es la última entrevista concedida por el estadounidense en nuestro país, recogida por el diarioEl País, en la que habla sobre su última novela “Invisible”:

Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 1947) regresa a la Universidad de Columbia y a París, dos lugares donde pasó parte de su juventud, con Invisible (Anagrama), su nueva novela. La entrevista transcurre, sin embargo, a pocas manzanas de su casa, en un café de Brooklyn, territorio habitual en sus ficciones. Es el día después de Acción de Gracias. Auster llega con algo de retraso y cortésmente se disculpa. Viste vaqueros y una camisa azul oscuro, lleva puesta una bufanda roja y gafas de aviador negras.

Invisible es el decimoctavo libro y la novela número 13 del autor de Trilogía de Nueva York. La escribió en aproximadamente seis meses en 2008. Desde entonces ha estado trabajando en la siguiente, que ya ha acabado y saldrá dentro de un año. El nuevo libro ha recibido una brillante crítica en The New York Times, que lo ha saludado como su mejor obra, pero también otra funesta, a cargo del crítico de The New Yorker James Wood.

Lo cierto es que Invisible vuelve a estar poblada por escritores y jóvenes poetas -personajes familiares en el trabajo de Auster- que son víctimas del azar, el amor y la violencia. En este caso es un incesto lo que hace palpitar la trama. Dice que cuando su esposa (la también novelista Siri Husvedt) leyó este pasaje le dijo que parecía estar escribiendo sobre ellos. “Llevamos casados 30 años y hemos construido una amistad muy íntima, un vínculo emocional, intelectual y físico muy fuerte. Creo que tiene razón, de alguna manera eso estaba ahí cuando escribí”, explica.

El escritor reconoce que en su ficción necesita hablar de espacios que le son familiares. “Me gusta escribir sobre cosas que conozco y que me han rondado la cabeza durante años. Intentas contar la verdad de tu personaje y del mundo tal y como lo conoces, pero al final el arte es un juego y por eso es divertido, aunque hay que tomárselo muy en serio”, dice.

Como Walker, el protagonista de Invisible, Auster era estudiante en Columbia en 1967, le apasionaba la poesía francesa, que se esforzaba por traducir, y aquel año viajó a París en un intercambio. “He comprobado que cuando te concentras en algo distante en el tiempo la memoria te impulsa hacia delante”, confiesa. Con su personaje también comparte el recuerdo de un cochambroso hotel en París donde él vivió en 1965. Y Auster, como Walker, fue un firme opositor a la guerra de Vietnam, aunque fantaseó con alistarse con los israelíes en la Guerra de los Seis Días. “Pensé que debía ir pero cuando empecé a planteármelo seriamente la guerra ya había terminado”.

 

Si alguien supo retratar a la sociedad norteamericana del siglo XX y parte del XXI, ese es Norman Mailer (31 de enero de 1923-10 de noviembre de 2007). Hombre polifacético donde los haya: novelista, ensayista, periodista, dramaturgo, guionista de cine- en Más allá de la ley y Salvaje 90-, creador del Nuevo Periodismo junto a Capote y otros escritores, biógrafo de Marylin Monroe o Picasso, y un largo etcétera.

Inició sus estudios universitarios como ingeniero aeronáutico, aunque enseguida mostró su pasión por la literatura. Sirvió a la Armada norteamericana en la Segunda Guerra Mundial, al igual que Salinger, del que dijo que “fue la mente más grande que se haya quedado en la escuela secundaria”. Plasmó la guerra en las páginas de “Los desnudos y los muertos” (1948). Posteriormente escribió “Costa bárbara” (1951) y “El parque de los ciervos” (1955). Realizó una dura crítica social, que apareció en sus ensayos: “El negro blanco” (1958) y “Advertencias para mí mismo” (1959). Éstas son sólo algunas de sus obras, porque su producción literaria es extensísima. Pero sin duda hay que destacar las novelas que le valieron el premio Pulitzer: “Los ejércitos de la noche” y once años después, por “La canción del verdugo”. Su pluma es afilada y sus palabras el azote de las conciencias norteamericanas, hablando del feminismo, la CIA o la Guerra de Vietnam.  Por eso cuenta con muchos seguidores y detractores.

También se encargó de narrar la llegada del hombre a la Luna por encargo de la revista Life:
“Embestida, destripada, descuartizada, retorcida, golpeada, una tierra de desiertos en forma de círculos de 80 y hasta 130 kilómetros a través, una tierra de anillos montañosos, algunos más altos que el Himalaya, una tierra de recovecos huecos y cráteres interminables, cráteres dentro de cráteres, que, a su vez, residían dentro de otros cráteres que vivían en el borde montañoso de cráteres enormes, cráteres minúsculos y cráteres de 1,5 kilómetros de profundidad, cráteres tan grandes que el Gran Cañón del Colorado cabría en ellos, como un cráter dentro de un cráter”.

Un 19 de enero de 1809 nacía el maestro del relato corto, Edgar Allan Poe. Al igual que sus obras, su vida está llena de misterio e interrogantes. Él mismo decía: “mi vida ha sido capricho, impulso, pasión, anhelo de la soledad, mofa de las cosas de este mundo; es un honesto deseo de futuro”.

Para muchos, su forma de ser era incomprensible; pero él, fomentaba su faceta más oscura para ayudar a la venta de sus obras. No pudo saborear el éxito en vida, pero sí tras su muerte- a la que veía como una etapa más, algo natural a lo que no se debía temer, “a la muerte se le toma de frente con valor y después se le invita a una copa”.

Sus relatos han sido fuente de inspiración para muchos otros autores, como por ejemplo el mago del terror Stephen King. El poeta Walt Whitman, que ya ha aparecido en anteriores publicaciones, dijo de Poe en el ensayo titulado “Edgar Poe’s Significance “, algo así como que Poe era un gran escritor, capaz de crear obras de enorme belleza técnica y abstracta. Con una incorregible tendencia a los temas nocturnos y con un subterfugio demoniaco detrás de cada página. Todo ello lleva a que exista un indescriptible magnetismo hacia su obra.  

 Es conocido por sus relatos, aunque también trabajó para el Southern Baltimore Messenger y escribió numerosos ensayos y poemas, aunque su precaria situación económica le forzó a dedicar más tiempo a sus relatos, que a fin de cuentas eran los que más tirón tenían. Aun así, consideraba la poesía el mejor medio para la expresión. En cada verso de sus poemas se imprime esa visión pesimista y oscura, especialmente en su gran poema “El cuervo”.

La única novela de este autor, “La narración de Arthur Gordon Pym” (1838), ha sido recientemente ilustrada por el artista argentino Luis Scafati. Ésta es una pequeña muestra:

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Si alguien nombra a  Samuel Langhorne Clemens seguramente nadie sepa de quién habla. Pero si  dice que este era el verdadero nombre del reconocido escritor estadounidense Mark Twain, la historia cambia.  Nació en Florida en 1835, y pocos años después su familia se trasladó a Hannibal, un pequeño poblado muy cercano al Mississippi. Allí pasó buena parte de su infancia, a la que hace aslusión en sus grandes novelas: “Las aventuras de Tom Sawyer” y “Las aventuras de Hackleberry Finn”.

La vida de Twain y Walt Witman muestran algunas similitudes, ambos se vieron obligados a trabajar  desde muy jóvenes como aprendices en una imprenta. En el caso de Twain, para buscarse la vida  tras la repentina muerte de su padre. El contacto con las máquinas impresoras  fue determinante para los dos. Años después participarían primero en periódicos, y después escribiendo sus propias obras.  Twain trabajó primero en el periódico de uno de sus hermanos mayores, para más tarde ejercer como corresponsal en Hawaii, Europa e incluso Oriente Próximo.  

El génesis de su carrera es la obra de 1869: “Inocentes en el extranjero”, tres años más tarde, escribió: “Pasándolo mal”.  Pero el éxito sin duda vendría de la mano de su siguiente trabajo: “Las aventuras de Tom Sawyer” (1876), ocho años después extrapolaría a uno de los personajes que aparecían en sus páginas para colocarle como protagonista de otra obra: “Las aventuras de Hucklberry Finn”.

El personaje de Tom Sawyer no se redujo a protagonizar una obra sino que apareció también en 1894 en “Tom Sawyer en el extranjero”, y en 1896 en “Tom Sawyer, detective”.

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